La noche que conocí a Ava Gardner

Me gusta pensar que fue en un tugurio, un club de jazz, humo y alcohol. Nada le encaja mejor a una mujer hermosa como un piano y un vestido negro. Una luz tenue, apenas dejando ver su rostro, algo triste, algo provocativo. Una voz sensual mezclándose con las notas del piano.  Un pequeño escenario, una canción de amores perdidos, un blues  invitando a un valiente, la mirada de un náufrago pidiendo ayuda. Nunca te comprometas con mujeres así, nunca las mires, sus hechizos son permanentes.

En cuanto la vi supe que por ella me lanzaría a cualquier aventura. Atracaría bancos o me haría un criminal. Terminaría volándome la tapa de los sesos en cualquier cuartucho de pueblo o atravesando África de norte a sur, bailando en París borracho o corriendo delante de los toros en Pamplona.

Me pidió fuego en ese callejón oscuro y silencioso, se iluminó su rostro, y su sonrisa se quedó prendida en mi corazón. Me gusta esa dulce caricia de una mano de mujer acercando tu mano a su cigarrillo . La naturaleza del gesto cotidiano, la mirada relajada y ese humo que deja entrever tímidamente unos labios que besar.

Nunca caigas en la tentación, ella siempre es Eva y aunque te prometa el paraíso la vida siempre  acaba convirtiéndose en un infierno, me dijo Max, el pianista, nunca te creas sus lágrimas de mujer, ni sus tristes historias, ella colecciona hombres, que como tú, creyeron amarla. No escuches sus lamentos en forma de canción, huye de las hermosas sirenas antes de estrellarte. Siempre supe que los buenos consejos sólo los saben dar los barman y los pianistas de jazz, pero como todo buen consejo está para no seguirlo. Y  la vida, al fin y al cabo, sólo merece la pena si se asume el riesgo de jugártela con una mujer hermosa.

 

 

 

 

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