Antes que nada fue el cine.

Antes que nada fue el cine, antes que los libros, que el colegio, que los campos de fútbol, fueron las salas de cine. Aquellas salas que albergaron a mis abuelos e hicieron más soportable a mis padres aquella posguerra de pan negro y estraperlo, de franquismo y estupidez. Niños en los sesenta y setenta las salas de cine y la calle eran nuestros espacios de libertad. Allí no había adultos y la única ley era la del revólver del pistolero de turno, la espada del romano, las triquiñuelas del agente secreto, los alborotos de la chiquillería, la linterna del acomodador o las peleas entre las filas de butacas. Gracias al cine descubríamos otro mundo, un mundo de mujeres rubias saliendo del mar en una playa desierta, de códigos de honor de la caballería, aprendimos que los piratas siempre muestran su debilidad ante una mujer morena temblando sobre la cubierta de un galeón, aprendimos que la risa se provoca desde la inteligencia y también descubrimos, en aquella fila de los mancos, el cuerpo de una muchacha que nos besaba con sabor a regaliz y coca cola.  Sí ,los niños que fuimos a las salas de cine somos más alegres porque nada hay más emocionante que una pantalla en blanco a punto para esa creación única de imágenes como en el poema de Pedro Salinas, porque esa salas nos unían a millones de niños, adolescentes, que desde principio de siglo, desde aquellos cines de barraca a los art decó de la Gran Vía o los cine de barrios supimos emocionarnos, reír y pelearnos en la salas de cine. Casi cien años de niños mirando con la misma ilusión los cartelones, las fotografías, los programas, millones de niños en cien años con la mirada fija en una pantalla de cine. Sí, los niños que fuimos a las salas de cine somos más felices y más rebeldes, aprendimos la rebeldía que sólo la libertad y los sueños te dan. 

Hace ya un tiempo largo que estamos en esa transición que acabarán devorando a casi todas las salas de cine, desaparecieron los cines de sesión continua, desaparecieron algunas de las salas de estreno de la Calle Fuencarral, de la Gran Vía, algunos cines yacen como una ruina inmerecida. Los usos y costumbres de las nuevas generaciones  han abandonado las salas de cine por otros formatos, la propia inoperancia de las salas para atraerse a un público joven, los desorbitados precios, la política incultural de los gobiernos, las harán desaparecer. Almacenes de ropa, restaurantes de comida rápida o simplemente ruinas han sustituido aquellos espacios donde antes se producía un milagro en imágenes cada tarde. Nosotros, mientras nos dejen, seguiremos soñando con besos  de regaliz y coca cola y con aventuras en el mar del Caribe en una sala de cine, hasta que en la pantalla aparezca en inevitable The End .

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