Mi chica Annie Hall ( Nunca voy los miércoles al cine)

¿ Quién era aquella chica?  La vida siempre nos ofrece extrañas historias. Ahora pasado el tiempo me pregunto si aquella chica, mi chica Annie Hall, existió en realidad o si aquellas tardes de cine no fueron, no son, fruto de una memoria distorsionada, si la locura del paso del tiempo no han creado aquella trama.

No hace mucho tiempo, un par de años, me la volví a encontrar; fue en los cines Verdi, ni ella ni yo íbamos solos, fue algo frío como encontrarse con un pasado descolorido por el tiempo. Hubo un momento en que aún pudimos intercambiar unas palabras a solas, algo intrascendente ¿ cómo te ha ido la vida?, ¿te sigue gustando el cine?, ¿ alguna vez te acuerdas de aquellas tardes? Apenas una despedida breve, concisa, como en cualquier aparición del pasado.

Fue algo improvisado, nada de una palabra de más , sólo un ¿te importa que te acompañe yo también tenía intención de verla? – Claro que no ¿Quién era aquella chica que se apuntaba a venir conmigo al cine? Apenas un nombre, apenas una de tantas que pasaban por los pasillos, que se sentaban en clase sin que nunca me fijase en ella, apenas un hola o un simple gesto, alguna mirada, apenas una más en aquella mesa de la cafetería.

Allí estaba yo en la puerta del cine, ¿por qué acepté quedar con aquella chica? Qué hubiese ido sola, o la hubiese acompañado una amiga o su novio o su padre. Los arrepentimientos siempre llegan tarde. Bueno tal vez tenga suerte y no venga, me dije mirando aquel cartel de Elígeme. Pero vino, era una chica algo destartalada, algo progre, algo no sé, con sus gafitas a lo  Janis Joplin , y su libro de Cortázar o Bukowski, qué hacía yo con una de esas individuas intelectuales que tanto me repateaban, pero allí estábamos. Al menos no quería ponerse en la primera fila, yo siempre me pongo en la última fila, la dije con ánimo de molestar -¿Por qué?, – Por si hay que salir corriendo.-Pero está lejos la pantalla.- Ya, eso es lo de menos,  lo importante es saber que podrás huir si es necesario.-¿Y por qué vas a querer huir?.- No sé, las salas de cine están llenas de trampas.  -¿Cómo cuáles? Como tú por ejemplo y las individuas que se apuntan a todo, me hubiese gustado decirla, pero sólo me encogí de hombros. Hay cosas en la vida que no tienen explicación.

Miré su falda, una de esas de flores medio de hippy moderna, de tela algo transparente que le llegaban hasta los tobillos, joder esta tía parecía salida de una peli cochambrosa de la Ibiza de finales de los sesenta. Pero de qué iba, coño estábamos en la modernidad las chicas llevaban el pelo rizado y más corto no esa trenza hasta la cintura, y esas faldas que sólo se encontraban en el Rastro.

La doctora Amor y el tipo ese, el Carradine, y el bar y a media luz los dos  me cargaban un buen rato, durante la película no podía dejar de mirar su perfil, al fin y al cabo tampoco estaba mal, y parecía así en la oscuridad una buena chica, pero  su mirada a través de esos cristales coloreados a lo Janis Joplin me ponían algo nervioso,  y encima leía a Bukowski, yo el alcohol lo prefiero en vaso, vaya, de qué iba aquel coñazo del Choose me, ella decía Choose me, y con ese tonillo como de ir a descubrir una obra maestra, algo clave en nuestra vida. Me jodía el choose me, y el Bukowski ese que se rascaba los sobacos, yo también me los rascaba y no me daba tanta importancia.

Al día siguiente me sentí aliviado, todo volvía a la normalidad, los saludos, el como si nada. Hasta que a la semana siguiente el martes me abordó otra vez en el pasillo, -¿Irás mañana al cine?Sí claro. Entonces quedamos a la misma hora en los Alphaville, vale. La vi alejarse por el pasillo, ahora había cambiado la falda hippi por unos vaqueros ajustados, en fin yo estaba anormal, la podía haber dicho que no, que no iba a ir.

Ahí empezó todo, cada miércoles íbamos al cine. Era raro, era un día especial, era ese día que quedaba fuera del mundo. Al principio íbamos sólo al cine, luego empezamos a sentarnos y a hablar, hablábamos durante horas, pero de qué hablábamos, nunca de cine, nunca de nosotros, apenas si sabíamos nuestros nombres, nunca de literatura, pero hablábamos y hablábamos durante horas. Luego nos mirábamos como desconocidos, sólo los martes me buscaba en clase para preguntarme nos vemos a la misma hora, y yo sólo hacía un gesto afirmativo.  Aquellos miércoles empezaron a ser los días especiales que esperaba cada semana, era como un alivio estar con ella, no había tensión , la veía y empezábamos a sonreírnos en silencio, y me gustaba su perfil en el cine, incluso aceptaba sus faldas y su trenza, incluso leí a Bukowski, pero, no sé luego pasábamos como desconocidos, nunca nos cambiamos teléfonos ,nunca dijimos de vernos fuera de esos miércoles. Siempre a esa hora, mirábamos los carteles y elegíamos la película ,si era un rollo nos salíamos del cine riendo. Empezaba a ser ese espacio apacible, tranquilo sin tener siempre una conversación preparada, o tener que empezar una conquista que como siempre concluiría en nada,  eran días de sonrisas, largas conversaciones y largos silencios, era como estar fuera del mundo. Cada vez eran más importantes esos miércoles, cada día los esperaba con más ansiedad, lo dejaba todo,  los miércoles eran de ella. Todo lo que pasase esos miércoles tenían principio y fin aquel día, nunca había consecuencias, ni reproches, ni enfados, ni historias raras. Nunca declaraciones.

El último miércoles de la temporada me dijo que el próximo curso se cambiaba a hacer periodismo, se acababan aquellos miércoles de cine, por un momento me quedé mirándola a través de aquellas gafas redondas, y entonces atravesé esa pequeña mesa de mármol que nos separaba y la besé, la besé con un beso de miércoles, sin futuro, con principio y final, fue el beso más largo que recuerdo, fue el beso de todos los miércoles que ya no habría . Desde entonces nunca voy los miércoles al cine.

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