Mi Nouvelle Vague

A sus veinte años la hermana listilla de mi amigo lo sabía todo sobre la vida. Lo que más me gustaba, allí tirados, en aquel pequeño cuarto repleto de fotos y carteles de cine,  fumando y escuchando música,  era mirar sus pies descalzos, no por erotismo fetichista, sino porque lo mismo que la mayoría hablamos con las manos ella hablaba con los dedos de los pies. Acompasada, llevando el ritmo, acompañaba con el movimiento de sus pequeños dedos cada una de sus palabras. Me gustaba entonces cogerla de aquellos dedos siempre fríos y hacerla perder el hilo del discurso. Las mujeres tenemos siempre los pies fríos para que los hombres nos los calienten en la cama,   un signo de coquetería, me dijo fumando en femme interesante, a lo Anna Karina, un cigarrillo. Hasta que no veas el cine de la Nouvelle Vague no comprenderás lo que verdaderamente significa la vida, me dijo en gesto intelectual del Boul’Mich’. ¿Pero cuándo y dónde había visto la hermana listilla de mi amigo todas aquellas películas francesas? Me preguntaba intrigado.

Yo necesitaba mi Nouvelle Vague, no podía estar más tiempo sin poder contemplar aquellas películas que se presentaban como algo único, algo que podía cambiar la vida. Todas las semanas repasaba  las páginas de La guía del ocio buscando un ciclo, un cine de sesión continua, una maratón, miraba en los colegios mayores, en las páginas de la televisión. Incluso llegué a escribir a la Filmoteca pidiendo un ciclo de la Nueva Ola francesa. Necesitaba mi Nouvelle Vague.

Fue algún tiempo después cuando me enteré de que en una clase de Filología francesa ponían un ciclo de los franceses y allí me colé, comprobé que éramos multitud los que necesitábamos  la Nouvelle Vague y aquella pequeña clase estaba atestada, fue entonces cuando un grupo de individuas amargadas organizaron la expulsión masiva de intrusos. Si no te chivas te invito a ver El amigo americano del Wenders,  susurré a la chica de al lado, una morena de grandes ojos y sonrisa encantadora.

Y así empezó aquella época de vértigo y desasosiego, perdido en los laberintos de Marienban o cegado por el amor explosivo en Hiroshima, entregado a mil fugas hacia el mar, robando besos y pintando flores con Antoine Doinel, viví la crueldad de las provincias y la maldad de la burguesía con Chabrol, me dejé engatusar por la mujer rubia con Vadim, y bailé en un café inmundo con Ana Karina, acompañé a la chica del pelo corto vendiendo el Herald Tribune por los campos Eliseos, y me pasé el dedo, en bogartiano gesto, por el labio antes de morir, comprendí que una femme es una femme, quemé mis existenciales dudas en un fuego fatuo que consumía toda la vida y esperé bajo los sones de Miles Davis encerrado en un ascensor pensando en la triste mirada de Jean Moreau paseando por los bulevares de París, mientras soñaba repetir una y otra vez aquel adulterio de los amantes,  navegué en ese disparatado viaje con Celine y Julie , y me lancé al nihilismo de Eustache, paseé con aquella adolescente por la playa y pasé  una noche con Maude, gocé de una piel suave, y me fundí en el libertinaje con Jules et Jim. Las semanas pasaban entre grises fotogramas  de realidad y sueños llenos de imágenes imborrables, de nombres que nunca podría olvidar, Godard, Truffeaut, Rivette, Resnais, Chaubrol, Eustache, Rohmer, Malle, Varda, Demy. Descubrí que las mujeres tenían la mirada cargada de tristeza y fumaban con la intensidad del último beso, que los tipos duros mueren abatidos por el orden y las balas y que las fugas siempre acaban en callejones sin salida, que París siempre sería nuestro y que un amor loco es mejor que la monotonía de unos besos prestados. Tenía razón la hermana listilla de mi amigo,  la vida empezaba a tener otro significado. Llegábamos veinte años tarde desde que ellos empezaron, pero la vida y el cine nunca pasan de moda. Una tarde, en aquel café escenario de los cines Alphaville de Madrid, una multitud nos agolpábamos ante las palabras de Godard, una multitud de jóvenes amantes del cine  y de la vida estábamos allí, todos necesitábamos nuestra Nouvelle Vague. ¿ Quién no necesita una Nouvelle Vague?

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