La fila de los mancos

Cuando tenías seis años te sentaban en la butaca con el bocadillo y una coca cola y allí te quedabas viendo la película, según ibas creciendo descubrías las actividades paralelas de las salas de cine, correr por los pasillos, subirte a las butacas y gritar, cambiarte continuamente de asiento,  bombardear a los del patio de butacas desde el gallinero, provocar a la linterna de acomodador, como teníamos pinta de niños buenos las broncas y amenazas del acomodador siempre les caían a los macarras que por allí pululaban y que eran los eternamente sospechosos de cualquier tropelía.

El cine, las películas estaban llenas de sexo,  las romanas con aquellos vestiditos y las prehistóricas rubias de Hace un millón de años, o Ursula Andrews saliendo en aquella playa desierta. En las películas siempre hay sexo como en los carteles de publicidad pero además de en las películas en los patios de butacas también se daba el sexo.

Con la adolescencia descubríamos un sitio entonces vetado y que tus padres siempre te decían que no te pusieses, no os pongáis en las últimas filas que son la de los mancos, uno pensaba en su inocencia infantil que estaban reservadas para los mutilados como aquellos asientos del metro que en gorda letra troquelada ponía asiento reservado para caballeros mutilados, pero a mí siempre en aquellas filas me parecía ver gente normal. Con la adolescencia empezabas a descubrir qué era aquello de la fila de los mancos.  Aunque a la fila de los mancos llegábamos tarde porque ya los cines aquellos estaban en decadencia y tendríamos que empezar a descubrir lo difícil que era hacer el amor en un Simca mil, como cantaban los Inhumanos, aún llegamos para robar algún beso adolescente apresurado y algo vergonzoso.  Y es que en aquellas filas se resumía el amor, el sexo furtivo  de generaciones y generaciones de españoles. Las salas de cine daban para mucho.

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