El cine de los sábados

A veces me gusta imaginar que nací en una sala de cine, en una de esas tardes de invierno, en el momento en el que, ridículo con su pistolita y su delantal, Ransom Stoddard se enfrentaba a Liberty Valance. Que nací en el momento cuando Tom Doniphon  estaba dispuesto a salvar la civilización y poner fin a todo su mundo. Me gusta imaginar que mi llanto desvió el disparo del Winchester  de Tom, y que Randolp Stoddar caía acribillado por Liberty Valance entre la risa y el asco. Me gusta pensar que mi nacimiento impidió el avance de una civilización llena de oportunista como Stoddard, y que  Liberty y Tom Doniphon siguen batiéndose en eterno duelo por los callejones de cualquier pueblo del far west ante la mirada única y lúcida de John Ford. Pero no, no nací en una sala de cine, sino en una cómoda maternidad, con ginecólogo, comadrona y enfermeras. No nací en una sala de cine, aunque a veces pienso que mi vida siempre ha transcurrido en un cine, como en una de esas sesiones maratonianas a la que asistíamos de adolescentes. Una  vida llena de cine . Mis abuelos iban al cine, y mis padres y nosotros, a veces íbamos a los mismos cines que ellos habían ido de jóvenes, de casi niños. Los cines pasaban como una herencia mágica, no nos dejaron ni fincas, ni abultadas herencias, nos dejaron las salas de cine, los actores de los que hablaban, los mitos y sus recuerdos.

Cuando llegaba el invierno nos metían en el cine. Madrid estaba plagada de salas de cine, cada barrio tenía docenas, de reestreno, de sesión continua y además estaba el cine del colegio. Los sábados y los domingos nos metían en el cine, en verano nos soltaban a la calle . Se iba al cine, daba igual lo que pusiesen, se iba, y bastaba. En el cine del colegio eran más selectivos y daban una buena porción de clásicos. En los de sesión continua he visto las películas más infames, las coproducciones italo españolas de romanos, o gladiadores, de estúpidos graciosos jugando a superman, a Louis de Funes, y todos lo espaguetis western rodados en Almería, pero también a Woody Allen. Frente a la frialdad de las salas de ahora donde reina el silencio, aquella chiquillería concentrada en un espacio cerrado inventó el cine interactivo. Se marcaba el paso y se silbaba con los soldados ingleses sobre el Río Kway, se vitoreaba, incluso los más habilidosos imitaban el sonido de la corneta, cuando la caballería acudía rauda a salvar a los colonos atacados por los indios, se insultaba y abucheaba a los malos malísimos, se  avisaba del peligro a la bella joven cuando acechaba el perverso malvado o el vampiro de turno, se silbaba, se abucheaba o se tarareaban las canciones. Siempre había gritos, y desde el gallinero se lanzaban proyectiles en forma de bolas de papel, hechas con los envoltorios de los bocadillos, contra el patio de butacas. La de acomodador era entonces una ocupación de alto riesgo, persiguiendo a los gamberros y a los que armaban jaleo armado sólo con una linterna. Los cines llenaron mi infancia.

Un día descubrí el cine, no ya como mero pasatiempo sino como eso que se llama Arte con mayúsculas, descubrí que una película era más que un simple divertimento y entonces empecé a acudir a las salas, bueno a la sala en VOS, a los cines Alphaville, los mejores cines que ha habido en Madrid. Allí ,hasta su desaparición en los noventa, he visto la aparición de directores como David Lynch ,Kaurismaki, Jarmusch, Wenders, Kusturica, Tarantino, los Cohen o Almodovar  . Tenía una pequeña cafetería con un escenario en donde estos directores pasaban en coloquios o a presentar sus películas, y por allí vi pasar una tarde a Godard, no soy mitómano, pero una cierta emoción me embargó a mis veintipocos años  al ver al director fráncés.

También estaban los cine club de las distintas facultades en la universidad, como las clases eran aburridas me recorría todas las facultades viendo cine, los vanguardistas rusos, los cómicos, el expresionismo y el nuevo realismo alemán, la nueva ola francesa. Veía todo lo que estaba a mi alcance. En las maratones de cine, en la filmoteca, en los últimos cines de sesión continua. En uno de los últimos, el Infantas, vi La reina Kelly esa maravilla inacabada de Stroheim. Recuerdo haber ido a conciertos, a juergas interminables, a exposiciones, al cine, leer, incluso  ir alguna vez a clase, lo que no recuerdo nunca es dormir, cosa que supongo que haría, pero no recuerdo el hecho de dormir.

Todas aquellas salas han desaparecido, se han convertido en almacenes de ropa o en restaurantes de comida rápida.  Sin embargo  su memoria siempre  permanecerá.